Senderismo inclusivo que amplía autonomía

En Tijuana, la subida al Cerro Colorado dejó de ser solo una práctica deportiva para convertirse en una pieza de integración social con efectos concretos. El ascenso realizado por integrantes del Blind Hiking Team, un grupo de personas ciegas y con baja visión acompañadas por senderistas voluntarios, confirma que el senderismo inclusivo ya no debe leerse como una actividad simbólica o de recreación ocasional, sino como una metodología de entrenamiento con impacto funcional en la movilidad, la confianza y la vida cotidiana de quienes participan.

La escena resume un cambio más profundo: personas con discapacidad visual que no se limitan a “participar” en una salida, sino que entrenan de forma recurrente para aprender a orientarse, anticipar obstáculos y coordinarse con un entorno físico real. La barra direccional, los cascos y la guía humana no son accesorios; son la infraestructura mínima de una práctica que convierte la montaña en un espacio de aprendizaje. En ese sentido, lo relevante no es solo que hayan subido de nuevo, sino que hayan consolidado una rutina capaz de transformar una actividad históricamente excluyente en una experiencia replicable.

El valor del caso está en la disciplina detrás del recorrido. Ericka Félix Ramírez, de la asociación civil Alebrijes, explicó que llevan cuatro años de trabajo constante con prácticas semanales, una temporalidad suficiente para medir que no se trata de una acción aislada ni de una actividad de convivencia. Hay un modelo de entrenamiento, una progresión de dificultad y una lógica de acompañamiento que busca autonomía. Ese dato es clave porque desmonta una idea todavía común: que la inclusión deportiva para personas con discapacidad visual se limita a adaptar un trayecto. Aquí, en cambio, se está construyendo capacidad física, orientación espacial y lectura del terreno, tres habilidades que luego se trasladan a la calle, a banquetas irregulares, escaleras y desplazamientos cotidianos.

La experiencia de Juan Carlos Moreno Zúñiga ilustra esa transferencia. Perdió la vista hace aproximadamente 20 años por glaucoma y comenzó a practicar senderismo en 2014 en el mismo Cerro Colorado. Su testimonio confirma un punto poco discutido en la conversación pública sobre discapacidad: una actividad bien diseñada puede producir beneficios que rebasan por completo el ejercicio físico. Cuando Moreno dice que el senderismo le ayuda incluso en la vida diaria porque se acostumbra a un manejo de pie más rápido para banquetas y escaleras, está describiendo una ganancia funcional que suele quedar fuera de los programas deportivos tradicionales. No es una metáfora de superación; es una mejora medible en movilidad y adaptación.

Ese efecto tiene implicaciones para organizaciones civiles, autoridades locales y colectivos deportivos. Para las asociaciones, el blind hiking demuestra que la inclusión necesita continuidad y método, no solo convocatorias puntuales. Para los municipios, abre una pregunta incómoda: si un grupo civil puede diseñar una práctica relativamente estable en terreno montañoso, ¿por qué los espacios públicos urbanos siguen siendo tan pobres en señalización táctil, rutas seguras y orientación accesible? La paradoja es evidente: se requiere una montaña para entrenar habilidades que deberían ser facilitadas en la ciudad. Esa inversión de lógica revela una deuda estructural en accesibilidad urbana.

El caso también obliga a mirar el senderismo inclusivo como una actividad con potencial de expansión económica y comunitaria. Donde existe una red sólida de guías, voluntarios y organizaciones, aparecen oportunidades para certificación de recorridos, protocolos de seguridad, equipamiento especializado y turismo de naturaleza con enfoque accesible. En ciudades fronterizas como Tijuana, con una oferta montañosa y una comunidad activa de caminantes, esto puede convertirse en un nicho de desarrollo si se evita la improvisación. La demanda no es menor: en México, la discapacidad visual es una de las condiciones que más limita la movilidad autónoma en entornos urbanos mal diseñados, y la falta de infraestructura adecuada multiplica la dependencia cotidiana.

La celebración de las 900 subidas de Sergio Jáuregui añade una segunda capa de análisis. Su trayectoria muestra que la continuidad individual también puede ser un activo comunitario. Un senderista que ha repetido el ascenso durante años no solo acumula resistencia; acumula conocimiento del terreno, criterios de seguridad y una relación con la montaña que puede ponerse al servicio de otros. En un ecosistema de inclusión, ese capital experiencial importa tanto como el equipamiento. La celebración no es anecdótica: revela que la cultura del senderismo en la ciudad ya produce referentes, tradiciones y formas de pertenencia que ayudan a sostener proyectos más complejos.

Sin embargo, el crecimiento de este tipo de iniciativas también trae riesgos que conviene no minimizar. El primero es la romantización. Cuando se presenta el esfuerzo de personas ciegas como una historia de inspiración, existe el peligro de ocultar las condiciones materiales que hacen posible la práctica: guías entrenados, coordinación previa, selección del trayecto y cultura de apoyo. Sin esos elementos, la narrativa de logro se vuelve irresponsable. El segundo riesgo es la dependencia de voluntariado o de liderazgos muy específicos. Si el conocimiento queda concentrado en pocas personas, el proyecto se vuelve frágil. El tercero es la seguridad: rutas de media montaña exigen protocolos claros, especialmente cuando el objetivo es ampliar autonomía sin exponer a los participantes a un riesgo innecesario.

También hay una tensión legítima entre inclusión y especialización. Algunos defensores de la accesibilidad podrían sostener que no basta con adaptar actividades recreativas; lo urgente es invertir en accesibilidad universal en calles, transporte y espacios públicos. Esa crítica es válida. Pero sería un error oponer ambas agendas. El senderismo inclusivo no sustituye la política pública urbana; la complementa. Mientras la ciudad sigue siendo un entorno hostil para muchas personas con discapacidad visual, prácticas como esta funcionan como laboratorio social: prueban metodologías, entrenan habilidades y muestran que la inclusión real requiere diseño, constancia y comunidad.

El futuro de esta experiencia dependerá de si logra pasar de iniciativa ejemplar a modelo reproducible. Eso implicaría manuales de seguridad, formación de guías, alianzas con instituciones educativas y apoyo municipal para rutas señalizadas o áreas de práctica. También sería deseable que se midan resultados más allá de la participación: frecuencia de asistencia, reducción de caídas, mejora en desplazamientos cotidianos y retención de integrantes. Sin datos, la discusión pública seguirá apoyándose en anécdotas. Con evidencia, el senderismo inclusivo podría convertirse en una política deportiva y social con efectos más amplios que una sola montaña.

Lo que ocurrió en el Cerro Colorado no fue solo una subida. Fue una demostración de que la autonomía de las personas con discapacidad visual se fortalece cuando el entorno deja de tratarlas como espectadoras y empieza a diseñarse con su participación. En una ciudad donde la movilidad suele pensarse desde el automóvil, este grupo recordó que caminar también es una forma de ciudadanía, y que hacerlo con seguridad puede cambiar tanto la percepción del paisaje como la de la propia capacidad personal.

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