Perú y el alza del diésel

El encarecimiento del diésel en el Perú no responde a una sola causa ni a un episodio aislado. Lo que hoy golpea al transporte y amenaza con extenderse a la canasta básica es el resultado de una cadena de tensiones que se formó fuera del país, se amplificó en el mercado de refinados y terminó impactando con más fuerza en una economía altamente dependiente de las importaciones de combustibles. La subida llega, además, en un momento sensible: transportistas de varias regiones ya han iniciado protestas y el Gobierno vuelve a mirar mecanismos de contención que en el pasado sirvieron para amortiguar shocks, pero no para resolverlos.

La explicación de fondo está en la diferencia entre el precio del crudo y el de los derivados. En el debate público suele asumirse que si el petróleo no está en máximos, no hay razón para que suba el combustible en los grifos. Esa lectura es incompleta. Lo que se ha encarecido con más fuerza en las últimas semanas son el diésel y la gasolina ya refinados, no solo el barril como materia prima. Cuando el sistema global de refinación se tensiona, el efecto puede ser más severo que una simple variación del crudo, porque lo que falta no es solo petróleo, sino capacidad para transformarlo en productos listos para consumo.

Ese es el punto crítico del momento actual. Durante julio se intensificaron los ataques contra refinerías rusas y, al mismo tiempo, las tensiones entre Estados Unidos e Irán afectaron infraestructura energética en Medio Oriente. En conjunto, esos golpes redujeron la oferta mundial disponible para procesar petróleo y elevaron los márgenes de refinación. La consecuencia es visible incluso en países alejados del conflicto: menos plantas operativas significa menor capacidad para producir diésel, gasolina y otros combustibles, y eso empuja los precios al alza aunque el crudo no haya escalado a los niveles excepcionales de otros ciclos de crisis.

En el caso peruano, la vulnerabilidad es estructural. Cerca del 70% del diésel consumido en el país proviene del exterior, de modo que cualquier sobresalto en las cotizaciones internacionales se transmite con rapidez al mercado local. No se trata solo de un problema de precios, sino de dependencia energética. Un país que importa la mayor parte del combustible que mueve su transporte, su carga y una parte importante de su actividad productiva queda expuesto a una volatilidad que no controla y que, en periodos de estrés internacional, puede desbordar sus mecanismos de respuesta interna.

El primer impacto recae sobre el transporte de pasajeros y mercancías. En una estructura de costos donde el combustible es uno de los rubros más pesados, un aumento prolongado obliga a reajustar tarifas, recortar recorridos o absorber pérdidas. En los tres casos, el efecto termina sintiéndose más allá del sector. El transportista que paga más por abastecerse traslada el costo al pasaje; la empresa de carga lo incorpora al flete; el comerciante lo refleja en el precio final de alimentos y productos básicos. La inflación por la vía del transporte no siempre aparece de inmediato en los índices generales, pero suele actuar como un canal persistente de presión sobre el costo de vida.

La protesta de los gremios no es, por tanto, una reacción improvisada. Es la respuesta de un sector que opera con márgenes estrechos y que suele ser el primero en absorber el golpe de una subida internacional que no provocó. En regiones alejadas de los centros de abastecimiento, como ocurre en parte de la Amazonía, el problema se multiplica por la geografía, la logística y la menor competencia. Allí, una variación en el precio del combustible tiene más capacidad de alterar la actividad cotidiana que en los grandes mercados urbanos, y cualquier subsidio o compensación llega con el riesgo de ser parcial o tardío.

Por eso el Gobierno ha vuelto a considerar el Fondo de Estabilización del Precio de los Combustibles. Ese instrumento puede suavizar la transmisión de la volatilidad externa y ofrecer un colchón temporal para que el salto no sea inmediato. Pero su utilidad tiene límites claros: sirve para administrar una crisis, no para eliminar la exposición de fondo. Si el precio internacional de los derivados permanece alto durante un periodo prolongado, el Estado enfrenta una disyuntiva fiscal incómoda entre contener el impacto o asumir un costo creciente en subsidios. La historia reciente en la región muestra que estos mecanismos funcionan mejor cuando se usan con disciplina y criterios focalizados, no como sustitutos permanentes de una política energética.

En paralelo, el debate sobre la selva peruana revela una dimensión política delicada. Un subsidio directo para transportistas puede aliviar una emergencia específica, pero también confirma que el Estado sigue reaccionando por zonas y sectores, en lugar de corregir la fragilidad general del sistema. La dispersión territorial del país hace más compleja cualquier respuesta homogénea, pero también vuelve imprescindible una estrategia diferenciada que no confunda alivio coyuntural con reforma estructural.

La discusión de mayor alcance está en la matriz energética. La masificación del gas natural aparece como una salida más estable porque el gas de Camisea no está sujeto a la misma volatilidad que el diésel importado. Cada vehículo que migra a ese combustible reduce un poco la exposición del país a los shocks del mercado petrolero. Sin embargo, ese tránsito requiere infraestructura, financiamiento, conversiones técnicas y una política sostenida que el Perú ha postergado demasiadas veces. Mientras eso no ocurra, el país seguirá pagando el precio de no haber diversificado con suficiente rapidez su consumo energético.

También pesa el estado de la capacidad de refinación local. La refinería de Talara fue concebida para reforzar el abastecimiento interno, pero si opera por debajo de su potencial, el país sigue comprando en el exterior buena parte del valor agregado que podría producir localmente. En un contexto mundial de márgenes altos de refinación, la subutilización de esa infraestructura no es un detalle técnico: es una pérdida de autonomía. Recuperar producción interna no elimina la dependencia global, pero sí puede amortiguar su intensidad y darle al mercado doméstico una base más estable.

Lo que ocurra en las próximas semanas dependerá de dos variables que el Perú no controla: la evolución de los conflictos internacionales y la velocidad con que vuelva a normalizarse la capacidad global de refinación. Si las tensiones ceden, es posible que los precios se moderen. Si persisten, el mercado local seguirá bajo presión. La recomendación de comparar precios antes de abastecerse puede servir al consumidor individual, pero no cambia la raíz del problema. El verdadero desafío es construir un sistema menos vulnerable a un mundo donde la energía, cada vez más, se mueve al ritmo de la geopolítica.

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