Mejor flujo turístico en Tijuana

La temporada de verano volvió a mostrar que Tijuana sigue siendo un termómetro sensible del turismo fronterizo: cuando la movilidad entre México y Estados Unidos se acelera, la ciudad recupera parte del pulso que pierde en meses de menor tránsito. El repunte reportado por el Comité de Turismo y Convenciones no se explica por un solo factor, sino por la combinación de tres fuerzas que suelen moverse al mismo tiempo en esta plaza: la llegada de visitantes de paso, la demanda asociada a eventos masivos y la capacidad del sector gastronómico para absorber consumo inmediato sin depender de estancias largas.

En una ciudad donde el turismo rara vez se comporta como un mercado estacional convencional, el dato más relevante no es solo el aumento de entre 15 y 20 por ciento mencionado por los empresarios consultados, sino la distribución de ese crecimiento. La restauración fue el segmento más activo, mientras que la hotelería mejoró, aunque todavía lejos de su techo. Esa diferencia importa porque revela una recuperación parcial: el visitante vuelve a gastar, pero no necesariamente a pernoctar. En otras palabras, Tijuana está capturando consumo, aunque aún no consolida plenamente la permanencia.

Ese patrón tiene antecedentes claros. Durante años, la actividad turística de Tijuana ha dependido menos de los circuitos clásicos de vacaciones y más de una economía híbrida en la que conviven compras, salud, gastronomía, espectáculos y tránsito binacional. Cuando el arribo de visitantes se incrementa, los restaurantes suelen reaccionar primero porque son la puerta de entrada más inmediata al gasto. La hotelería, en cambio, depende de decisiones más complejas: seguridad percibida, agenda de eventos, conectividad y expectativas sobre la ciudad y la región. Por eso una mejora en ocupación, aun sin alcanzar niveles máximos, suele leerse como señal de recuperación más lenta pero más sólida.

El verano ofreció además una circunstancia favorable: los festivales. La experiencia del Beer Fest en Rosarito ilustra cómo el corredor turístico Tijuana-Rosarito opera como un solo ecosistema económico, aunque administrativamente esté dividido en dos municipios. Parte de los asistentes se hospeda en Tijuana, consume en la ciudad antes o después del evento y prolonga su estancia por razones prácticas. Esa circulación beneficia a hoteles, taxis, restaurantes, bares y comercios nocturnos, y muestra por qué la región necesita pensarse como una unidad de destinos complementarios y no como plazas aisladas que compiten entre sí.

La repercusión económica de esa dinámica va más allá de la temporada alta. Cada punto de ocupación hotelera ganado en verano fortalece la caja de negocios que han operado con márgenes estrechos desde la pandemia y en medio de una inflación que encarece insumos, salarios y renta comercial. Para el restaurante pequeño, un aumento de clientela puede significar sostener empleos y renegociar proveedores; para el hotel mediano, unos días más de ocupación ayudan a equilibrar costos fijos que no disminuyen en temporada baja. Si el repunte se mantiene, la ciudad podría entrar en una fase de recomposición empresarial más estable, con mejores condiciones para inversión y expansión de servicios.

Pero el repunte también expone una vulnerabilidad de fondo: Tijuana sigue demasiado expuesta a la percepción de seguridad y al flujo fronterizo. La declaración de Karim Chalita Rodríguez sobre la reducción de presencia de convoyes de la Guardia Nacional en los accesos habla de un cambio visible para quien cruza desde Estados Unidos. Esa percepción puede ser positiva para el visitante que interpreta menos fricción y menos despliegue como un entorno más amable; sin embargo, también obliga a observar si la confianza descansa en una mejora real de condiciones o en una simple normalización del paisaje. En turismo, la frontera entre ambas cosas es decisiva, porque la experiencia del visitante se construye tanto con hechos como con símbolos.

La seguridad percibida no afecta solo la llegada de turistas, sino la decisión de volver. Un visitante que se siente cómodo al cruzar y que encuentra actividad, oferta gastronómica y eventos tiene más probabilidad de convertir una visita aislada en hábito. Ese comportamiento es especialmente relevante para Tijuana, cuya ventaja competitiva depende de la repetición: escapadas cortas, fines de semana, consumo médico, cenas, conciertos y estadías vinculadas a eventos regionales. Si la ciudad logra retener esa clientela, el impacto puede extenderse a barrios comerciales, cadenas de suministro locales y empleos de servicios que dependen de una demanda constante.

También hay una lectura urbana. Un verano con más movimiento no resuelve los déficits históricos de orientación, movilidad y señalización que suelen confundir al visitante ni sustituye políticas de largo plazo para ordenar el acceso a zonas turísticas. El crecimiento espontáneo puede llenar mesas, pero no corrige por sí mismo la experiencia de llegada ni la dispersión de información para quienes cruzan por primera vez. Si la ciudad quiere convertir episodios de alta afluencia en una tendencia durable, necesita infraestructura visible, rutas comprensibles y coordinación entre municipios, algo que se vuelve más urgente cuando el turismo ya no depende solo de una temporada, sino de una secuencia de eventos y desplazamientos casi continuos.

El dato de este verano, entonces, no debe leerse como una celebración aislada, sino como una señal de capacidad de recuperación en una frontera que sigue compitiendo por cada visitante. Tijuana mostró que puede reanimar su economía turística cuando se alinean oferta gastronómica, festivales y una percepción de acceso menos tensa. El reto ahora es convertir ese impulso en una base más amplia, capaz de sostener hotelería, comercio y servicios durante todo el año, sin depender exclusivamente de picos estacionales ni de la agenda de eventos en el corredor metropolitano.

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