La distancia entre la evolución del tipo de cambio y la inflación volvió a instalar el debate sobre la competitividad de la economía argentina. En 2026, el dólar mayorista acumula un alza inferior al 3%, mientras que los precios al consumidor siguen avanzando a un ritmo cercano al 20% en lo que va del año. Esa diferencia alimentó la percepción de un peso apreciado, o de un “atraso” cambiario, en momentos en que el Gobierno busca sostener la cotización en torno de $1.500 para contener la inflación y anclar expectativas.
La estrategia oficial combinó en las últimas semanas ventas de bonos dollar linked, mayor oferta de contratos de dólar futuro y operaciones puntuales en el mercado contado. El objetivo fue moderar la presión sobre la divisa después de que en junio el tipo de cambio subiera más de 5%, un movimiento que reavivó la discusión sobre cuánto puede sostenerse un esquema de estabilidad cambiaria con inflación aún alta. El índice de tipo de cambio real multilateral que publica el Banco Central, ubicado hoy en 85 puntos sobre una base teórica de equilibrio de 100 para el 17 de diciembre de 2015, refleja esa pérdida de valor relativo.

Sin embargo, varios economistas advierten que mirar solo la paridad nominal ya no alcanza para medir si la economía está “cara” o “barata”. En el esquema de Javier Milei, sostienen, la competitividad empieza a depender más de la apertura comercial, la eliminación de restricciones y la disponibilidad de divisas que de un dólar alto como variable casi exclusiva. El superávit comercial sostenido desde fines de 2023, junto con compras netas de reservas, ofrece un respaldo que antes no estaba presente y que, según esta lectura, amortigua la necesidad de una corrección brusca del tipo de cambio.
Divisas por sectores y presión sobre costos
La oferta de dólares hoy se apoya en sectores con fuerte saldo externo, como agro, energía y minería, además de un flujo financiero más activo a través de Obligaciones Negociables y créditos de organismos multilaterales. Esa disponibilidad modifica el patrón de ajuste: en lugar de una economía que compite solo por una moneda débil, el desafío pasa por elevar productividad, invertir más y reducir costos operativos en un contexto de inflación más baja que en administraciones previas. José María Segura, economista jefe de PwC Argentina, sostuvo que el país ingresa en una etapa en la que la competitividad dependerá “cada vez más de factores estructurales y menos de variables coyunturales”.
El mismo diagnóstico advierte que, a medida que la inflación converge hacia niveles menores, pesan más la infraestructura, el capital humano, la calidad regulatoria, la carga fiscal y la capacidad de las empresas para adaptarse. Desde esa perspectiva, una paridad estable puede ayudar a desinflar precios, pero también eleva la exigencia sobre las firmas locales, que ya no cuentan con una corrección cambiaria frecuente para recomponer márgenes. La consultora 1816 resumió esa tensión al describir una economía heterogénea, con energía y minería en expansión, mientras los sectores intensivos en mano de obra todavía no terminan de recuperarse.
El costo de sostener la paridad
La decisión de mantener el dólar quieto no es neutra. Vatnet señaló que el Gobierno parece decidido a preservar baja la paridad porque impacta sobre la inflación y sobre el rendimiento de las colocaciones en pesos. Pero advirtió que el esquema tiene costos monetarios y financieros: limita el crecimiento de la base en moneda local, eleva las tasas de interés, encarece el financiamiento del Tesoro y puede debilitar la actividad. También se desaceleró la compra de divisas por parte del Banco Central, en un contexto en el que cada intervención busca evitar sobresaltos en un mercado todavía sensible.
La discusión, por lo tanto, ya no gira solo en torno de si el dólar está atrasado, sino sobre qué define hoy la competitividad en una economía que busca normalizar precios, abrir mercados y sostener el ingreso de capitales. Emilio Botto, de Mills Capital, señaló que hacia adelante la oferta seguirá apoyada en la balanza comercial, las liquidaciones de ON, los préstamos del FMI y las emisiones del Tesoro, mientras que del lado de la demanda habrá que seguir los giros de dividendos, las compras de individuos y los pagos de deuda. En ese marco, las empresas operan con un margen más estrecho y el resultado final dependerá menos de una sola variable que de la combinación entre estabilidad macroeconómica, inversión y productividad.
Max Capital agregó que la economía crece en términos generales, aunque la transición hacia un esquema más eficiente genera reasignación de recursos, pérdida de empleos en algunos sectores y un nivel de descontento que podría persistir en los próximos meses. La foto actual es la de un país con más divisas disponibles que en ciclos previos, pero también con una estructura productiva desigual, donde el tipo de cambio dejó de ser el único termómetro y pasó a convivir con otros factores que, en adelante, definirán si la Argentina gana o pierde competitividad.
