El crecimiento mexicano gana una décima, pero no cambia el panorama

Ciudad de México, 5 de agosto de 2026.— La revisión de la expectativa privada de crecimiento del producto interno bruto (PIB) mexicano para 2026, de 1,1 % a 1,2 %, representa una mejora, pero también confirma la cautela con la que los mercados observan la economía. El ajuste, recogido en la más reciente Encuesta de Expectativas de Citi México, no modifica el diagnóstico central: México se encamina hacia una expansión moderada, por debajo de la meta oficial y con un margen reducido para absorber nuevos choques externos o internos.

La encuesta, elaborada con la participación de 35 grupos de análisis de bancos, casas de bolsa y operadores financieros, muestra una dispersión significativa. Bankaool calcula un crecimiento de 1,6 % al cierre del año, mientras Signum Research prevé apenas 0,5 %. Entre ambos extremos se encuentra una economía cuyo desempeño depende en buena medida de la demanda estadounidense, la evolución de la inversión y la capacidad del Gobierno para sostener el gasto sin aumentar las presiones fiscales.

Una décima que revela más cautela que optimismo

El incremento de la previsión mediana no debe interpretarse como el inicio de una aceleración vigorosa. En términos anuales, una expansión de 1,2 % apenas superaría el crecimiento de la población, lo que implica un avance limitado del PIB por habitante. Para las empresas, esto se traduce en un mercado interno que puede crecer, pero con menor fuerza para impulsar ventas, contratación y nuevos proyectos productivos.

La distancia frente al pronóstico gubernamental es particularmente relevante. La Administración mexicana mantiene para 2026 un rango de crecimiento de entre 1,8 % y 2,8 %, muy por encima de la mediana privada y también por encima del extremo inferior de las estimaciones del mercado. La diferencia no es solo estadística: afecta la planeación presupuestaria, las previsiones de recaudación y la evaluación de la sostenibilidad de los programas públicos.

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Cuando el Gobierno construye sus cuentas con un crecimiento más alto que el previsto por la mayoría de los analistas, el riesgo es que los ingresos tributarios resulten menores a los calculados. Una expansión débil reduce la recaudación asociada al consumo, las utilidades empresariales y el empleo formal. Si además el gasto comprometido mantiene una trayectoria elevada, el ajuste puede trasladarse a una mayor deuda, a recortes posteriores o a una menor capacidad para responder ante una emergencia económica.

El legado de la desaceleración y la apuesta por 2027

La expectativa de crecimiento para 2027 se mantuvo en 1,8 %, mientras el Gobierno espera entre 1,9 % y 2,9 %. La estabilidad de la previsión privada sugiere que los analistas no están anticipando una recesión prolongada, pero tampoco observan todavía los motores suficientes para una recuperación acelerada. El escenario más probable es el de una mejora gradual, condicionada a que la inversión privada recupere dinamismo y a que la actividad industrial encuentre mayor tracción.

El contraste con el discurso de una transformación productiva asociada a la relocalización de cadenas de suministro es importante. México conserva ventajas estructurales: proximidad con Estados Unidos, integración comercial y una base manufacturera relevante. Sin embargo, convertir esas ventajas en crecimiento sostenido exige infraestructura eléctrica, disponibilidad de agua, seguridad, aduanas eficientes y certidumbre regulatoria. La llegada de una planta o de un nuevo proveedor puede elevar la inversión en una región concreta, pero no garantiza por sí sola un aumento amplio de la productividad nacional.

El sector automotor ofrece un ejemplo claro. Las exportaciones pueden mantenerse sólidas gracias a la integración con Norteamérica, mientras las empresas enfrentan costos logísticos, cambios tecnológicos y decisiones de inversión vinculadas a vehículos eléctricos. Si la infraestructura no acompaña la demanda o si las reglas comerciales se vuelven más inciertas, parte de los proyectos puede aplazarse. La mediana de 1,2 % refleja precisamente esa combinación de oportunidades estructurales y obstáculos operativos.

Una tasa de interés todavía restrictiva

La encuesta indica que la mayoría de los participantes no espera cambios inmediatos en la tasa de política monetaria. De los 35 analistas consultados, siete consideran que el próximo movimiento será un aumento y seis prevén un recorte posterior. La mediana para el cierre de 2026 permanece en 6,5 %, con estimaciones situadas entre 6,25 % y 6,5 %. Para 2027, la mediana también es de 6,5 %, aunque el rango se amplía desde 5,75 % hasta 7,25 %.

La amplitud de esas previsiones muestra que el debate no está resuelto. Un grupo de analistas parece priorizar el riesgo de inflación persistente y la necesidad de conservar una postura monetaria restrictiva; otro contempla que una actividad débil termine abriendo espacio para recortes. La decisión del banco central tendrá que equilibrar dos objetivos difíciles: evitar que las expectativas de precios se desanclen y no profundizar la desaceleración mediante un crédito excesivamente costoso.

El nivel de 6,5 % seguiría siendo elevado para hogares y empresas, incluso si la inflación disminuye. Una pyme que necesita financiar inventario, maquinaria o capital de trabajo enfrenta un costo que puede hacer inviable una expansión. En el caso de las familias, las tasas altas encarecen hipotecas, tarjetas y préstamos para consumo. Por ello, una eventual reducción monetaria tendría efectos positivos sobre la demanda, pero solo sería sostenible si la inflación muestra una trayectoria suficientemente clara hacia el objetivo.

Inflación: mejora gradual, no victoria definitiva

Las proyecciones para julio apuntan a una inflación general mensual de 0,04 % y una subyacente de 0,22 %. Para finales de 2026, la expectativa mediana de inflación general bajó de 4,09 % a 4,02 %, mientras la subyacente pasó de 4,1 % a 4 %. Aunque el movimiento es favorable, ambos indicadores todavía se ubican por encima de una estabilidad plena de precios, especialmente en un contexto donde los servicios y algunos alimentos pueden registrar presiones persistentes.

La inflación subyacente merece atención porque excluye componentes más volátiles y permite observar mejor la tendencia de fondo. Si los precios de servicios, vivienda, educación o alimentos procesados continúan aumentando, una baja de la inflación general puede ser insuficiente para mejorar el poder adquisitivo. Para los hogares de menores ingresos, que destinan una mayor proporción de sus recursos a bienes esenciales, una variación aparentemente pequeña puede tener un impacto considerable en el presupuesto mensual.

Para 2027, los analistas mantienen en 3,8 % sus expectativas de inflación general y subyacente. Esa estabilidad puede interpretarse como una señal de confianza moderada en la desinflación, pero también como evidencia de que el retorno a niveles más bajos será lento. La política monetaria, por tanto, no podrá basarse únicamente en una cifra puntual: necesitará observar salarios, expectativas, tipo de cambio y comportamiento de los servicios.

El peso estable y la sensibilidad externa

La previsión de un tipo de cambio de 17,9 pesos por dólar al cierre de 2026 no cambió respecto de la encuesta anterior. Las estimaciones abarcan desde 17 hasta 19,03 pesos por dólar, un rango que refleja la sensibilidad del peso a las decisiones de la Reserva Federal estadounidense, los flujos de capital y la percepción sobre la relación comercial entre México y Estados Unidos. Para 2027, la expectativa mediana es de 18,5 pesos por dólar, con pronósticos que van de 17,4 a 19,96.

Un peso relativamente estable ayuda a contener el costo de bienes importados, maquinaria y algunos insumos industriales. También reduce la presión sobre empresas con deuda denominada en dólares. Sin embargo, una moneda fuerte no sustituye a la productividad. Si la estabilidad cambiaria depende principalmente de tasas domésticas elevadas o de entradas financieras de corto plazo, puede convertirse en una ventaja frágil. Además, un peso apreciado puede restar competitividad a ciertos exportadores nacionales si sus costos internos aumentan más rápido que los de sus competidores.

El escenario para México seguirá condicionado por factores que los pronósticos trimestrales no siempre pueden capturar: cambios en las reglas comerciales norteamericanas, tensiones geopolíticas, precios de energía, clima extremo y decisiones de inversión de grandes compañías. La mejora de una décima confirma que existen bases para evitar un deterioro mayor, pero el reto consiste en transformar esa resistencia en crecimiento más productivo y repartido.

La señal más importante de la encuesta no está en el 1,2 %, sino en la distancia entre las expectativas privadas y oficiales, en la cautela sobre las tasas y en la persistencia de riesgos para la inflación. Si México logra acelerar la inversión en infraestructura, fortalecer la certidumbre y elevar la productividad de pequeñas y medianas empresas, el pronóstico podría quedar corto. Si esos pendientes se mantienen, la economía puede permanecer atrapada en una expansión insuficiente, capaz de preservar la estabilidad macroeconómica, pero demasiado débil para mejorar con rapidez el ingreso y las oportunidades de la mayoría de la población.

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