La cotización del dólar estadounidense que abrió el 15 de julio a 24 pesos cubanos refleja un ajuste mínimo pero sostenido dentro de un mercado que sigue marcado por la unificación monetaria de 2021. Ese pequeño incremento de 0,03 % respecto al cierre anterior no es un dato aislado; forma parte de una secuencia que comenzó con la desaparición del peso convertible y que hoy se enfrenta a restricciones estructurales que el propio Gobierno describe como “economía de guerra”.
El contexto histórico ayuda a entender la fragilidad actual. Entre 2002 y 2021 Cuba mantuvo dos monedas oficiales que generaron distorsiones de precios y asignación de recursos. La tasa de 24 pesos por dólar que rigió tras la unificación pretendía simplificar las transacciones, pero la escasez persistente de divisas y la contracción acumulada del 11 % del PIB entre 2020 y 2024 han mantenido la presión sobre el tipo de cambio.

La herencia de la unificación y la pérdida de reservas
Cuando se eliminó el peso convertible, muchos analistas esperaban una mayor transparencia en las cuentas públicas. Sin embargo, la demanda de dólares para importar alimentos, medicamentos y combustible superó con creces la oferta oficial. El mercado informal, que en 2022 llegó a ofrecer un dólar por 100 pesos, sigue operando como válvula de escape. Esta brecha entre el tipo oficial y el paralelo reduce el poder adquisitivo de los salarios estatales y encarece los insumos productivos para el sector privado emergente.
El ministro Joaquín Alonso ha señalado que el país operará en 2026 bajo amenazas y tensiones que podrían intensificarse. Esa advertencia no es retórica: la caída del 1,1 % del PIB en 2024 representa el segundo año consecutivo de retroceso y coincide con una reducción de las exportaciones de servicios médicos y con un turismo que aún no recupera los niveles prepandemia. La falta de divisas se traduce directamente en apagones prolongados y desabastecimiento, factores que erosionan la capacidad de respuesta del aparato productivo.
Inflación, déficit fiscal y dependencia de servicios exportables
El pronóstico oficial de un crecimiento del 1 % para 2026 se apoya principalmente en la recuperación del turismo y en los ingresos por servicios médicos. Ambos rubros son volátiles: el primero depende de la percepción de seguridad y disponibilidad de combustible, mientras que el segundo enfrenta competencia de otros países y limitaciones de personal debido a la migración. Si estos ingresos no se materializan, el déficit fiscal proyectado en 74 500 millones de pesos podría ampliarse y obligar a mayor emisión monetaria, alimentando la inflación que el Gobierno espera reducir al 10 %.
La inflación interanual de 14,07 % registrada al cierre de 2025 ya afectó con fuerza a los hogares de menores ingresos. Un nuevo repunte de precios en el mercado formal reduciría aún más el consumo interno y limitaría el margen de maniobra de las empresas estatales que operan con márgenes estrechos. El caso de las cooperativas agropecuarias que importan fertilizantes ilustra el problema: cada aumento del dólar encarece los insumos y se traslada a los precios finales de alimentos básicos.
Impactos en la migración y la dolarización de facto
La combinación de escasez, inflación y limitadas oportunidades laborales ha acelerado la salida de población en edad productiva. Entre 2022 y 2025 Cuba registró uno de los flujos migratorios más intensos de su historia reciente. Esta pérdida de capital humano reduce la base tributaria y dificulta la ejecución de proyectos de inversión que requieren personal calificado. Al mismo tiempo, las remesas enviadas por los emigrados se convierten en una fuente informal de dólares que sostiene el consumo pero también profundiza la dolarización de la economía.
La dolarización creciente se observa en el comercio minorista y en el sector inmobiliario, donde muchos bienes se ofrecen directamente en moneda extranjera. Esta práctica, aunque permite a algunos actores eludir la escasez de pesos convertibles, fragmenta el mercado interno y debilita la efectividad de la política monetaria del Banco Central.
Perspectivas de inversión extranjera y riesgos estructurales
El Gobierno ha prometido un entorno más dinámico y transparente para atraer capital foráneo. Sin embargo, la experiencia de los últimos años muestra que las garantías ofrecidas chocan con la realidad de un sistema financiero con liquidez limitada y con un marco regulatorio que aún genera incertidumbre sobre la repatriación de utilidades. Proyectos en energías renovables y en la industria farmacéutica han avanzado lentamente precisamente por estas trabas.
La volatilidad del tipo de cambio, aunque baja en términos estadísticos (0,91 %), oculta tensiones acumuladas que podrían manifestarse si las reservas internacionales siguen bajo presión. Un escenario de mayor depreciación afectaría directamente los costos de importación de alimentos, que representan una porción significativa de la canasta básica cubana, y podría agravar la inseguridad alimentaria ya existente.
La trayectoria económica de Cuba en 2026 dependerá, en última instancia, de la capacidad de generar divisas de manera sostenida y de implementar reformas que reduzcan las distorsiones heredadas de la dualidad monetaria. Sin avances en esos frentes, el modesto crecimiento proyectado corre el riesgo de convertirse en otro año de estancamiento con consecuencias acumulativas sobre el tejido social y productivo del país.
