Cuba registró el viernes 10 de julio un nuevo apagón de alcance nacional, el segundo en la misma semana, en un contexto de profunda crisis energética agravada por el embargo petrolero de Estados Unidos. La Unión Eléctrica informó que el Sistema Eléctrico Nacional sufrió una interrupción generalizada originada por una oscilación de parámetros tras una avería en la línea de transmisión entre Villa Clara y Sancti Spíritus. Esta falla se suma al corte masivo del lunes anterior, que afectó a casi diez millones de habitantes y marcó el cuarto colapso nacional del año.
Dependencia estructural del combustible fósil
La red eléctrica cubana depende casi por completo de plantas térmicas que operan al 40 por ciento de su capacidad debido a mantenimientos diferidos y escasez de diésel y fuel oil. La isla produce apenas el 40 por ciento del petróleo que consume, por lo que cualquier retraso en los suministros externos genera desconexiones automáticas. Las centrales más antiguas superan los treinta años de operación sin renovaciones significativas, lo que explica la fragilidad ante oscilaciones de carga. El primer ministro Manuel Marrero reconoció que la semana resultó especialmente dura por la falta de combustible y varias unidades fuera de servicio.

Consecuencias inmediatas para sectores productivos
La interrupción afecta directamente a la industria azucarera, el turismo y los servicios de salud. Hospitales dependen de generadores diésel que también enfrentan escasez, mientras que hoteles pierden reservas por la imposibilidad de garantizar refrigeración y conectividad. El sector agropecuario reporta pérdidas de productos perecederos por fallas en cámaras de frío. Estos impactos se acumulan sobre una economía que ya registra contracción desde 2019 y que ahora enfrenta un nuevo cuello de botella energético cada pocos días.
Perspectivas del gobierno cubano y de Washington
Para las autoridades cubanas, el origen principal reside en el bloqueo energético decretado por Donald Trump en enero, que impide el arribo de buques petroleros y amenaza con aranceles a países que vendan combustible a la isla. Solo un tanquero ruso llegó en marzo. Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio sostiene que la presión busca forzar un cambio de modelo político y económico. Esta divergencia de narrativas complica cualquier negociación técnica para restablecer flujos energéticos estables.
Una visión alternativa: el riesgo de la inacción interna
Más allá del embargo, Cuba ha postergado durante décadas la diversificación de su matriz energética. Aunque existen condiciones para expandir la generación solar y eólica, los proyectos avanzan a ritmo lento por falta de financiamiento y de marcos regulatorios atractivos para inversión extranjera. El resultado es un sistema que permanece atado al petróleo importado sin alternativas operativas de respaldo, lo que multiplica el efecto de cualquier retraso en los suministros.
Escenarios futuros y riesgos acumulados
Si en los próximos meses no arriban cargamentos adicionales de combustible, es probable que se repitan colapsos similares cada siete o diez días. La reconexión del sistema no resuelve la insuficiencia de generación térmica, por lo que los hogares y empresas seguirán enfrentando racionamientos prolongados. Un riesgo adicional es el deterioro del tejido social: la falta de electricidad afecta el acceso a información, la refrigeración de alimentos y el funcionamiento de bombas de agua, condiciones que pueden derivar en protestas localizadas. Otro escenario posible es que Rusia incremente sus envíos como parte de su apoyo geopolítico, aunque esto no elimina la vulnerabilidad estructural.
La combinación de infraestructura obsoleta, dependencia externa de combustible y tensiones diplomáticas configura un círculo vicioso difícil de romper sin reformas internas profundas y sin una distensión en las relaciones con Estados Unidos. Mientras tanto, cada nuevo apagón refuerza la percepción de que la crisis energética ya no es coyuntural sino un rasgo estructural de la economía cubana actual.
