Afganistán y la secundaria

Cinco años después del regreso de los talibanes al poder, Afganistán no solo sigue siendo el único país del mundo donde se prohíbe formalmente a niñas y mujeres acceder a la educación secundaria y superior: también ha convertido esa restricción en una política de largo aliento con costos acumulativos para la sociedad, la economía y la propia capacidad del Estado para sostenerse. La cifra de 2.4 millones de niñas fuera de la secundaria, difundida por la UNESCO, no describe un episodio aislado, sino la consolidación de una fractura generacional que ya empieza a medir sus efectos en empleo, alfabetización, formación docente y movilidad social.

La primera lectura de este caso suele quedarse en el terreno de los derechos humanos, y con razón. La exclusión educativa de niñas y mujeres vulnera compromisos básicos de igualdad y recorta libertades elementales. Pero el alcance real del problema es más amplio: en un país donde la mitad de las escuelas carece de agua, saneamiento o calefacción adecuados, donde más de 2 millones de niños en edad de primaria están fuera del sistema y donde más del 90% de los menores de 10 años no puede leer un texto sencillo, la prohibición a las adolescentes actúa como un multiplicador de una crisis educativa ya deteriorada. No es una política limitada a un grupo; es una decisión que empuja hacia abajo la calidad de todo el sistema.

Ese deterioro explica por qué la UNESCO insiste en que no se trata solo de una cuestión moral, sino de una pérdida estructural de capital humano. Si una generación completa de niñas no puede transitar por la secundaria, el país pierde futuras enfermeras, maestras, técnicas, administradoras, médicas y funcionarias. La consecuencia no aparece de inmediato, pero se acumula con precisión contable: menos mujeres con educación superior significa menos participación en el mercado laboral, menos ingresos fiscales, menos productividad y más dependencia de economías informales o de supervivencia. La estimación de 9.6 mil millones de dólares en pérdidas de ingreso potencial hacia las próximas décadas no debe leerse como una cifra abstracta; representa el costo de cerrar la entrada a una parte decisiva de la fuerza laboral futura.

Hay una segunda dimensión menos visible y, por eso mismo, más peligrosa: la reproducción del déficit docente. UNESCO advierte que Afganistán podría enfrentar más de 11 mil maestras calificadas faltantes para 2030. Ese dato revela una paradoja central. El régimen restringe la educación de niñas y mujeres en nombre de una interpretación cultural y religiosa, pero al hacerlo reduce precisamente el número de mujeres que podrían enseñar a la siguiente generación. El resultado es una espiral descendente: menos alumnas hoy significa menos profesoras mañana, y menos profesoras implica una oferta educativa todavía más limitada para las niñas que eventualmente logren regresar al aula.

La posición de los talibanes, que sostienen respetar los derechos de las mujeres según su lectura de la ley islámica y de la cultura afgana, intenta presentar la medida como una cuestión de soberanía normativa. Sin embargo, el argumento choca con dos realidades difíciles de eludir. La primera es que en casi ningún otro país del mundo existe una prohibición formal equivalente sobre secundaria y universidad para mujeres. La segunda es que las promesas de apertura hechas en 2021 no se cumplieron, y las restricciones que fueron presentadas como temporales siguen vigentes. En términos políticos, eso debilita la idea de que se trata de una medida de transición; en términos sociales, consolida el mensaje de que la exclusión ya no es una excepción sino un orden nuevo.

Desde la perspectiva de las familias, el daño tampoco es uniforme. En hogares urbanos con algo de margen económico, la prohibición empuja a estrategias de compensación: tutorías privadas, educación informal, migración o abandono de aspiraciones profesionales. En áreas rurales o empobrecidas, en cambio, la medida refuerza un destino más estrecho y más temprano para las niñas, con menos opciones de autonomía económica y mayor dependencia del entorno familiar. En ambos casos, la educación deja de ser un ascensor social y se convierte en un privilegio intermitente, condicionado por la capacidad de cada familia para absorber la pérdida.

Las organizaciones internacionales también tienen aquí un dilema operativo. Denunciar la prohibición es necesario, pero insuficiente si no se acompaña de presión diplomática sostenida y de apoyo a alternativas educativas que no normalicen la exclusión. UNICEF y UNESCO han descrito un sistema escolar golpeado por pobreza, infraestructura deficiente y falta de docentes; eso obliga a pensar no solo en la reapertura de escuelas secundarias y universidades, sino en el rescate de una red educativa completa. De lo contrario, incluso una eventual reversión de la prohibición llegaría sobre una base debilitada, con rezagos que tardarían años en corregirse.

La lectura de futuro es inquietante por una razón simple: el tiempo trabaja en contra de las niñas que hoy están fuera del sistema. Cada año perdido reduce la probabilidad de retomar estudios, ingresar a empleos calificados o competir en igualdad de condiciones cuando cambie el marco político. Si la tendencia continúa, la cifra de 2.4 millones puede acercarse a los casi 4 millones estimados por la UNESCO para 2030, mientras la economía afgana asume una merma persistente de productividad y una dependencia mayor de trabajos de baja calificación. El riesgo no es solo educativo; es institucional. Un país que excluye a la mitad de su talento potencial reduce su margen para reconstruirse, innovar y sostener servicios básicos.

También hay un riesgo de normalización internacional. Cuando una restricción se prolonga durante años, la comunidad global corre el peligro de tratarla como un hecho consumado y no como una emergencia política. Eso sería un error. La magnitud del daño ya es suficiente para entender que la prohibición no afecta únicamente a una cohorte escolar: altera la arquitectura futura del país, erosiona la economía doméstica y amplía la brecha entre Afganistán y cualquier posibilidad de desarrollo sostenido. La cuestión ya no es si esta política es severa; es cuánto más puede deteriorarse una sociedad cuando se le niega, durante toda una etapa de vida, el acceso a la educación que la sostiene.

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