CAMBRIDGE— Stephan Miran, expresidente del Consejo de Asesores Económicos de Trump, defendió públicamente en junio de 2026 el uso de aranceles como herramienta para extraer rentas monopólicas de socios comerciales. Su argumento, basado en la teoría del arancel óptimo, sostiene que Estados Unidos puede mejorar su relación de intercambio reduciendo la demanda mundial de importaciones y obligando a otros países a absorber parte del costo.
La admisión explícita de Miran
El texto de Miran reconoce que la política arancelaria de la administración Trump funciona como la estrategia de Standard Oil en el siglo XIX: suprimir competencia y desplazar precios en beneficio propio. Esta franqueza marca un cambio respecto a justificaciones previas centradas en seguridad nacional o protección industrial. Ahora el objetivo declarado es maximizar ingresos fiscales y mejorar los términos de intercambio a expensas de terceros.
La comparación con los magnates de la Edad Dorada no es casual. Rockefeller y Carnegie controlaban cadenas de suministro para fijar precios altos. Miran aplica la misma lógica a escala nacional: al reducir importaciones, Estados Unidos comprime la oferta global de sus propios bienes de exportación y obtiene rentas que compensan las pérdidas de bienestar derivadas del menor comercio.
Transferencia real de costos a consumidores
Estudios recientes sobre los aranceles de 2018-2019 muestran que entre el 80 y el 100 por ciento del incremento se trasladó a precios internos. Los datos del Banco de la Reserva Federal de Nueva York indican que los hogares estadounidenses absorbieron la mayor parte del ajuste. Esta evidencia contradice la suposición de Miran de que los extranjeros pagarían la factura. Cuando el poder de mercado no es absoluto, el mecanismo de extracción falla y el costo recae sobre la demanda doméstica.

Reacción de China y la Unión Europea
China respondió de inmediato a los aranceles del “Día de la Liberación” con medidas equivalentes. El Ministerio de Comercio chino declaró que “luchará hasta el final” si Estados Unidos persistía. La Unión Europea, aunque inicialmente contenida, ya prepara listas de represalia sobre productos agrícolas y aeronaves. La diferencia clave respecto a ciclos anteriores es que ahora el objetivo declarado es monopólico, lo que reduce el margen para negociaciones basadas en seguridad o empleo.
Tres consecuencias estructurales
Primero, la pérdida de credibilidad internacional dificulta alianzas en otros frentes, desde cadenas de suministro de semiconductores hasta coordinación climática. Segundo, la retaliación de grandes bloques multiplica la contracción del comercio mundial y reduce el crecimiento agregado, incluido el de Estados Unidos. Tercero, la dependencia de ingresos arancelarios crea un incentivo fiscal perverso que dificulta la reforma tributaria interna a largo plazo.
Escenarios de escalada y contención
Si Estados Unidos mantiene el marco conceptual de Miran, la probabilidad de una guerra comercial generalizada en 2027-2028 aumenta. La Unión Europea podría aplicar aranceles espejo sobre servicios digitales y automóviles, mientras China redirige exportaciones hacia mercados emergentes. Un escenario alternativo requiere que Washington vuelva a enmarcar los aranceles como medidas temporales de ajuste industrial, restaurando espacio para negociaciones bilaterales sin que se perciba como un intento de extraer tributos.
El cálculo de Miran subestima la velocidad con que otros actores pueden replicar el juego. Cuando varias economías grandes aplican simultáneamente políticas de arancel óptimo, los efectos de mejora en los términos de intercambio se anulan y solo quedan las pérdidas de eficiencia. Esta dinámica ya se observó parcialmente entre 2018 y 2020, pero ahora cuenta con justificación ideológica explícita que acelera la respuesta.
La reputación de Estados Unidos como garante de reglas multilaterales se erosiona cada vez que el objetivo monopólico se formula con tanta claridad. Aliados europeos y asiáticos evalúan actualmente alternativas de diversificación comercial que reducen su exposición a decisiones unilaterales de Washington. Estas decisiones, aunque racionales desde una perspectiva individual, fragmentan aún más el sistema de comercio global y elevan costos para todos los participantes.
