Lamarque y la ruta de Morena

La entrega de la constancia que acredita a Javier Lamarque Cano en el programa de formación política “Mandar Obedeciendo” no es un trámite menor ni una nota de rutina dentro de la vida interna de Morena. En realidad, marca un punto de control en una ruta más amplia: la definición de quiénes pueden disputar la coordinación estatal de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Sonora, un proceso que combina capacitación, legitimidad partidista y posicionamiento político real. Que Lamarque haya cumplido con el requisito formal lo coloca dentro del grupo que ya puede competir con plena elegibilidad, pero también confirma algo más profundo: Morena está institucionalizando sus mecanismos internos para ordenar la sucesión territorial y filtrar perfiles con disciplina orgánica.

El dato central es claro. El Instituto Nacional de Formación Política de Morena certificó que Lamarque acreditó el curso de 30 horas impartido entre el 29 de junio y el 25 de julio. La firma de Rafael Barajas Durán, director del instituto, convierte la constancia en una pieza con valor político y no solo académico. Dentro de la lógica del partido, completar esta formación es una condición para participar en la designación de coordinaciones. Esa exigencia apunta a reducir improvisación y a reforzar una cultura de lealtad doctrinaria, aunque también abre una pregunta sensible: ¿hasta qué punto el requisito forma cuadros, y hasta qué punto funciona como filtro de control político?

El caso de Lamarque gana peso porque no llega como un actor recién incorporado. Su trayectoria como fundador del movimiento en Sonora, con más de cuatro décadas de trabajo territorial, le da una ventaja que pocos competidores pueden igualar. En la práctica, esa acumulación de capital político importa tanto como la certificación formal. Morena ha insistido en que la transformación se sostiene desde abajo, pero en la operación cotidiana los liderazgos con arraigo local, redes comunitarias y presencia municipal siguen siendo los que pueden traducir la narrativa nacional en estructura efectiva. Lamarque representa precisamente esa combinación entre antigüedad militante y reconocimiento institucional.

La relevancia del episodio no se limita a un nombre propio. En Sonora, la disputa por las coordinaciones de defensa territorial puede convertirse en un ensayo de la manera en que Morena administra la competencia interna en estados donde ya gobierna o aspira a consolidar hegemonía. El partido necesita evitar una fractura entre militancia histórica, cuadros con experiencia de gobierno y aspirantes que buscan capitalizar la ola electoral. La capacitación política aparece entonces como una herramienta de homogeneización, pero también como una forma de ordenar lealtades antes de que el conflicto se vuelva público. En términos organizativos, eso puede fortalecer la cohesión; en términos democráticos internos, puede estrechar el margen para una competencia verdaderamente abierta.

Hay un segundo ángulo que merece atención: el mensaje que este tipo de procesos envía a otros aspirantes. Cuando un dirigente con trayectoria, visibilidad y trabajo territorial se somete al mismo requisito que perfiles menos consolidados, se manda la señal de que la legitimidad en Morena no depende solo del historial personal. Eso puede ser positivo para desactivar jerarquías informales, pero también incrementa la percepción de que el partido busca normalizar una carrera política donde la cercanía con la estructura pesa más que la deliberación plural. El resultado puede ser eficaz para disciplinar, aunque al costo de reforzar la idea de que las candidaturas se construyen desde el centro y no desde la base en sentido estricto.

En la experiencia comparada de otros partidos mexicanos, los mecanismos de formación interna han tenido resultados mixtos. Cuando se usan para elevar el nivel programático de los cuadros, ayudan a profesionalizar la operación política y a reducir vacíos ideológicos. Cuando se vuelven un requisito predominantemente ritual, terminan funcionando como una credencial burocrática que valida decisiones ya encaminadas. El desafío para Morena es no caer en la segunda lógica. Si la constancia obtenida por Lamarque es apenas un paso real dentro de una competencia regulada, el partido gana orden. Si, en cambio, solo certifica una decisión ya prefigurada por las correlaciones de fuerza, la formación se degrada en formalidad y pierde capacidad de construir legitimidad interna.

La declaración del propio Lamarque refuerza esa lectura. Al afirmar que ya cuenta con la constancia y que los cursos y talleres son obligatorios para participar en la designación, coloca el acento en el cumplimiento de reglas, no en una victoria anticipada. Ese tono es útil para mantener la imagen de proceso institucional. Sin embargo, el fondo político sigue abierto: en Sonora no solo se define quién coordinará una estructura, sino quién tendrá capacidad de articular el segundo piso de la transformación en un estado con demandas de seguridad, desarrollo regional, agua, empleo y relación compleja con municipios y sectores productivos.

Ahí emerge la tercera conclusión de fondo. La disputa por las coordinaciones no es un asunto ceremonial; es la antesala de la gobernabilidad territorial. Quien logre encabezar esos comités no solo acumulará visibilidad partidista, sino que tendrá mejores condiciones para influir en la agenda futura, conectar cuadros locales con la dirigencia nacional y negociar con distintos grupos internos. Por eso, la acreditación de Lamarque importa más allá de su biografía. En un entorno donde Morena intenta consolidar una identidad de movimiento-gobierno, cada paso formal también reordena expectativas, lealtades y costos de transacción política.

El riesgo principal está en la distancia entre la narrativa de organización desde abajo y la práctica de selección cerrada. Si el proceso se percibe como demasiado controlado, puede generar desánimo entre militantes que han construido estructura durante años sin obtener espacios reales. También puede elevar la fricción entre quienes ven en estas coordinaciones una plataforma para el trabajo territorial y quienes las entienden como escalones hacia futuras candidaturas. En esa tensión se juega buena parte de la estabilidad interna del partido en Sonora. La constancia de Lamarque, en ese sentido, no cierra una etapa: abre una nueva fase de competencia vigilada, donde la capacidad de combinar disciplina, arraigo y apertura marcará la diferencia entre una transición ordenada y un conflicto pospuesto.

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