Córdoba mantiene como prioridad estratégica su presencia en el consejo de administración de la Organización de Ciudades Patrimonio Mundial, cuya próxima cita se celebrará en Marrakech. Mientras el Ayuntamiento prepara un grupo de alto nivel para sostener esa representación, el periodista plantea una paradoja: la habitabilidad y el bienestar de los residentes figuran entre los objetivos del llamado Nuevo Proyecto Urbano de la organización, pero en distintos barrios la vida cotidiana pierde comercios y servicios.

El proceso descrito parte de una transformación visible en los locales de barrio. Donde antes abrían tiendas de alimentación generalistas o especializadas, con carnes, verduras o pescado, proliferan los llamados mini markets. Su oferta se limita, según el artículo, a productos básicos: bollería, aperitivos, leche, café y pan. La crítica sitúa este formato en la lógica de los pisos turísticos, al quedar orientado a resolver compras inmediatas de corta estancia.
A continuación, el texto vincula esa sustitución comercial con la conversión paulatina de locales en viviendas destinadas a visitantes. El resultado que expone no es la desaparición absoluta de toda actividad comercial, sino una reducción de establecimientos útiles para quienes residen de forma estable en la zona. Comprar determinados bienes cotidianos puede obligar, según esa observación, a desplazarse hasta un polígono.
La secuencia incluye otros cambios en el espacio urbano. La banca ha cerrado oficinas y cajeros, lo que dificulta obtener efectivo para quienes aún lo utilizan. También desaparecen quioscos de prensa tras su cierre, dejando espacio para veladores. En contraste, el articulista señala que resulta sencillo encontrar barberías, aunque no siempre comercios donde adquirir productos necesarios para la vida diaria.
El autor menciona además la adaptación de redes de menudeo de drogas a estas dinámicas: ya se han desarticulado redes que utilizaban cajetines similares a los instalados para entregar llaves a turistas. La referencia aparece como otro ejemplo de cómo los dispositivos asociados a los alojamientos de corta estancia han entrado en el paisaje urbano, sin atribuir a ese hecho una relación causal más amplia.
En el debate sobre la tasa turística, el periodista coincide con el alcalde, José María Bellido, en rechazar una aplicación generalizada. Defiende que, de existir, sea un instrumento local y ajustado a las circunstancias de cada ciudad. También cuestiona que su carácter finalista baste por sí solo: considera relevante conocer no solo la cantidad recaudada allí donde se cobra, sino el destino concreto de esos ingresos.
Desde esa crítica surge la propuesta irónica de una “tasa vecinal”. El planteamiento no anuncia una medida municipal ni una iniciativa en trámite, sino que expresa la sensación de que los residentes han pasado a ocupar una posición secundaria frente al negocio turístico. La hipotética tasa serviría, en esa argumentación, para compensar el vaciamiento y la terciarización: la conversión de espacios en los que se podía vivir en establecimientos de paso.
La presencia en el consejo de la Organización de Ciudades Patrimonio Mundial permitiría, según la formulación recogida por el Ayuntamiento, participar directamente en decisiones y en el diseño del Nuevo Proyecto Urbano, que coloca la habitabilidad y el bienestar de los residentes en el centro de las políticas patrimoniales. El contraste final del artículo queda situado en el barrio: en el mini market, afirma el autor, esa prioridad todavía no encuentra una respuesta reconocible.
