Inflación toca su nivel más bajo en cuatro años

La inflación mexicana cerró julio con una señal que va más allá del alivio estadístico: el índice general se moderó por cuarto mes consecutivo y llegó a una tasa anual de 3.12%, su menor nivel desde mayo de 2020. El dato, divulgado por el Inegi, confirma que la desinflación ya no depende de un solo mes favorable, sino de una trayectoria más amplia en la que el componente de precios no subyacentes ha perdido fuerza de manera visible. La variación mensual del INPC, de apenas 0.03%, fue además la más baja para un julio desde 2013, un registro que en términos prácticos ayuda a cerrar la brecha entre la inflación observada y la meta del Banco de México.

Ese descenso no fue uniforme ni responde a una sola causa. El empuje principal vino de la caída en los precios agropecuarios y energéticos, dos rubros que suelen comportarse con alta volatilidad y que, cuando se mueven a la baja al mismo tiempo, arrastran con rapidez al índice general. En otras palabras, la moderación actual no nace de una economía apagada, sino de un alivio en costos que, durante meses previos, habían presionado con fuerza al consumidor. El contraste con 2022 y 2023 es claro: entonces la inflación se mantuvo pegada a alimentos, combustibles y mercancías, obligando a hogares y empresas a ajustar presupuestos con márgenes mucho más estrechos.

El comportamiento de julio también muestra que el episodio inflacionario mexicano ha entrado en una fase distinta. La inflación subyacente, que refleja con mayor precisión las presiones persistentes de la demanda y los costos internos, se ubicó en 3.95% anual y sumó seis meses de moderación. Esa cifra importa más que el dato general para anticipar decisiones de política monetaria, porque revela si la baja de precios es sostenible o sólo el resultado temporal de algunos productos más baratos. La lectura actual sugiere que la presión se ha ido desarmando gradualmente en bienes y servicios, lo que fortalece la idea de que el choque inflacionario ya quedó atrás, aunque todavía no desaparece del todo.

El contexto es decisivo. México llega a este punto después de un ciclo de aumentos agresivos en tasas de interés que buscó frenar la transmisión de la inflación a salarios, rentas y servicios. Esa estrategia fue costosa para el crédito y la inversión, pero ayudó a evitar que las expectativas se desanclaran. Que el índice general permanezca dentro de la meta del banco central por un periodo prolongado no sólo reduce la necesidad de nuevas alzas, también abre espacio para que la autoridad monetaria considere recortes graduales sin comprometer la credibilidad ganada. Un descenso bien anclado de la inflación permite aliviar el costo financiero de empresas con deuda variable, familias hipotecadas y sectores sensibles al consumo, como comercio, construcción y automotriz.

El beneficio, sin embargo, no se distribuye por igual. Cuando la inflación baja por alimentos y energía, el alivio se siente primero en los hogares de menores ingresos, que destinan una mayor proporción de su gasto a esos rubros. Para una familia que compra semanalmente tortilla, pollo, huevo, gasolina o transporte, unas décimas menos en la inflación tienen un efecto más tangible que en el ingreso de un hogar de mayores recursos. Esa mejora en el poder adquisitivo puede traducirse en mayor consumo básico, menor uso de crédito de corto plazo y una ligera recomposición del ahorro. Pero el reverso es que una parte importante de la desinflación proviene de componentes volátiles; si el clima, la logística o el petróleo cambian, el alivio puede revertirse con rapidez.

En el frente productivo, la señal es ambivalente. Para los agricultores y distribuidores de alimentos, una baja de precios puede reflejar mejores condiciones de oferta, pero también márgenes más estrechos en un entorno de costos altos de insumos, transporte y financiamiento. En energía ocurre algo similar: precios más bajos alivian la factura de consumidores y empresas, aunque reducen ingresos en segmentos ligados al suministro y la intermediación. La economía mexicana, muy dependiente del intercambio con Estados Unidos y de la estabilidad logística norteamericana, se beneficia cuando el entorno externo no añade nuevas presiones; aun así, la debilidad de algunos precios no debe confundirse con una mejora estructural de productividad.

Lo relevante hacia adelante es que el dato de julio refuerza una tendencia que puede influir en decisiones públicas y privadas durante el resto del año. Si la inflación se mantiene cerca del objetivo, el banco central tendrá más margen para priorizar la actividad económica sin sacrificar su reputación antiinflacionaria. Las empresas, por su parte, podrían encontrar un entorno menos hostil para planear inventarios, nóminas y contratos. Y los hogares, tras varios trimestres de ajuste, enfrentarían una presión menor sobre gastos esenciales. La gran prueba será verificar si esta calma se sostiene con demanda interna todavía firme, salarios en ajuste y un entorno internacional que sigue expuesto a sobresaltos energéticos y agrícolas.

La lectura de fondo es que México entra en una zona más favorable, pero no plenamente resuelta. El dato de julio ofrece alivio, credibilidad y margen de maniobra; también exige prudencia, porque las desinflaciones que dependen demasiado de alimentos y combustibles suelen ser las primeras en corregirse. La tarea de fondo ya no consiste sólo en bajar la inflación, sino en sostenerla cerca de la meta sin frenar el crecimiento ni transferir el ajuste a los sectores más frágiles de la economía. Ese equilibrio, más que una buena cifra mensual, será lo que determine si el país deja atrás el episodio inflacionario con una economía más estable o sólo con una tregua temporal.

Artículos relacionados

Últimos artículos