El empleo pierde fuerza a ambos lados

La coincidencia de señales débiles en los mercados laborales de México y Estados Unidos merece atención más allá de la lectura mensual de las cifras. En julio, México perdió cerca de 20 mil puestos formales registrados ante el IMSS, su peor resultado para ese mes desde que existe registro, mientras que Estados Unidos reportó una caída inesperada de 23 mil empleos en la nómina no agrícola. Ninguno de los dos datos, por sí solo, confirma una recesión. Sin embargo, su aparición simultánea en economías estrechamente vinculadas por comercio, inversión, remesas y cadenas de suministro eleva el riesgo de que una desaceleración laboral se retroalimente en los próximos meses.

El dato mexicano tiene matices importantes. Parte de la reducción responde a patrones estacionales asociados al cierre del ciclo escolar y a la etapa descendente de actividades agrícolas. Esa explicación evita convertir una baja mensual en una conclusión definitiva sobre el rumbo de la economía. También debe reconocerse que el empleo formal mantiene un crecimiento anual de 1.5 por ciento, equivalente a 327 mil plazas en doce meses. El problema es que ese avance resulta modesto frente a las necesidades de una fuerza laboral que continúa creciendo y frente al rezago acumulado tras las bajas de diciembre de 2025.

Entre enero y julio se recuperaron 243 mil de las casi 321 mil plazas eliminadas en el último mes del año pasado. El saldo deja un faltante aproximado de 78 mil empleos respecto de ese punto de partida. Más que un dato administrativo, esa brecha muestra que la capacidad de contratación no ha sido suficiente para reabsorber con rapidez a quienes salen del empleo formal por cierres, ajustes de plantilla o vencimiento de contratos. Cuando la recuperación de las plazas perdidas se prolonga, aumentan la probabilidad de transitar hacia la informalidad, la presión sobre los ingresos familiares y la competencia por vacantes de menor calidad.

El dato formal no abarca toda la presión laboral

La incorporación de trabajadores de plataformas digitales añade complejidad a la interpretación. En julio, más de 248 mil personas de ese segmento superaron el umbral de ingreso neto mensual requerido para registrarse, lo que añadió más de 10 mil plazas respecto de junio. Esta formalización representa un avance institucional: amplía la cobertura de seguridad social y reconoce una actividad que durante años se desarrolló con protección limitada. También puede mejorar el acceso de los trabajadores a servicios médicos, ahorro para el retiro y mecanismos de cobertura ante riesgos laborales.

Pero el mismo ajuste estadístico puede ocultar parcialmente la debilidad de la contratación tradicional. Sin considerar a las plataformas, la pérdida de empleo formal en julio habría rondado las 30 mil plazas. La diferencia importa porque los empleos de plataformas suelen tener una estructura de ingreso, jornada y estabilidad distinta a la de una contratación convencional. Un aumento de registros no necesariamente refleja expansión de la demanda empresarial en manufactura, construcción, comercio o servicios profesionales; puede reflejar una mayor formalización de ocupaciones ya existentes. Confundir ambos fenómenos dificultaría diseñar respuestas adecuadas para impulsar empleos productivos y sostenibles.

La pérdida conjunta de plazas permanentes y eventuales es otra señal que merece seguimiento. La baja de puestos permanentes indica cautela de las empresas para ampliar sus estructuras de largo plazo, mientras que la reducción de empleos eventuales sugiere menor necesidad de mano de obra en actividades temporales. Si ambos componentes continúan deteriorándose después de que pase el efecto estacional, el mercado laboral estaría enviando una advertencia más clara sobre una demanda interna debilitada o una menor actividad de inversión.

Estados Unidos puede trasladar el enfriamiento

Para México, la situación estadounidense es especialmente relevante. La nómina no agrícola de Estados Unidos cayó en julio contra la expectativa de una creación de 80 mil puestos, y las cifras de los dos meses anteriores fueron revisadas a la baja en 103 mil empleos. A ello se suma una participación laboral de 61.4 por ciento, inferior al 62.5 por ciento observado en noviembre pasado. La combinación de menor creación de empleo y menor participación puede tener interpretaciones distintas: algunas personas podrían retirarse temporalmente de la búsqueda laboral, pero también puede haber hogares que enfrenten obstáculos para incorporarse o regresar al mercado de trabajo.

Un mercado laboral estadounidense menos dinámico puede afectar a México por varios canales. El primero es el consumo de los hogares en Estados Unidos, principal destino de las exportaciones mexicanas. Si las familias estadounidenses perciben menor seguridad laboral, suelen aplazar compras de bienes duraderos, automóviles, electrónicos y equipo para vivienda, rubros donde la manufactura mexicana tiene una participación relevante. El segundo canal es la inversión: empresas con ventas menos predecibles pueden posponer ampliaciones de capacidad, compras de maquinaria o decisiones de relocalización productiva.

El tercer canal son las remesas. Aunque estos flujos no dependen únicamente del número de empleos formales y han mostrado resistencia incluso en ciclos adversos, una desaceleración persistente en sectores donde trabajan migrantes mexicanos puede reducir horas trabajadas, ingresos disponibles y capacidad de envío. Para muchas comunidades receptoras, las remesas funcionan como un estabilizador del consumo local. Una reducción sostenida afectaría comercios pequeños, construcción residencial, gasto educativo y servicios, con efectos que se propagan fuera de los grandes centros industriales.

Un impulso temporal que no cambió la tendencia

El Mundial de futbol, cuyo último partido en México se celebró el 5 de julio, tampoco generó el impulso laboral que parte del mercado esperaba. Este resultado deja una lección para autoridades y empresas: los grandes eventos pueden elevar la ocupación en turismo, transporte, hospedaje, seguridad y comercio, pero su efecto suele ser concentrado geográficamente y de duración limitada. Su capacidad para modificar una tendencia nacional depende de que se conecte con inversión permanente, proveedores locales, infraestructura útil después del evento y capacitación que permita a los trabajadores conservar empleabilidad al terminar la demanda extraordinaria.

La ausencia de un impulso visible no significa que el evento careciera de beneficios. Puede haber generado ingresos para negocios y empleos que no quedaron registrados oportunamente en las estadísticas formales, además de exposición turística y comercial con beneficios posteriores. El riesgo aparece cuando los proyectos públicos o privados se justifican con expectativas de empleo transitorio sin evaluar su rentabilidad una vez que desaparece el flujo de visitantes. Para una economía con creación formal lenta, el objetivo no debería ser multiplicar contrataciones de pocas semanas, sino transformar parte de esa actividad en cadenas de proveeduría, servicios recurrentes y nuevos negocios formalizados.

Hogares y empresas ante una doble cautela

El impacto más inmediato de un menor dinamismo laboral recae en los hogares que buscan su primera oportunidad, en trabajadores con contratos temporales y en personas que intentan reincorporarse después de una interrupción. Los jóvenes suelen resentir primero la reducción de vacantes porque tienen menos experiencia comprobable y redes profesionales más limitadas. Las mujeres que buscan regresar al mercado tras periodos de cuidado también pueden enfrentar mayores barreras si las empresas congelan contrataciones. En ambos casos, una búsqueda laboral prolongada puede deteriorar habilidades, reducir expectativas salariales y aumentar la probabilidad de aceptar ocupaciones informales.

Para las empresas, la desaceleración ofrece una ventaja limitada: menor presión salarial y mayor disponibilidad de candidatos pueden reducir costos de contratación. Sin embargo, esa ganancia puede quedar anulada si la debilidad del empleo refleja una caída de pedidos, de consumo o de confianza. Las compañías exportadoras, en particular, enfrentan el riesgo de ajustar inventarios y turnos si la demanda estadounidense disminuye. Las pequeñas y medianas empresas, con menor acceso a crédito y menor capacidad para absorber periodos de ventas bajas, podrían ser las más expuestas a una contracción prolongada.

La respuesta de política pública requiere precisión. No sería conveniente reaccionar a un solo mes de datos con estímulos indiscriminados que comprometan recursos fiscales sin atacar los obstáculos de fondo. Pero tampoco conviene atribuir toda la caída a la estacionalidad y esperar pasivamente. El IMSS, la Secretaría del Trabajo y los gobiernos estatales necesitan vigilar por sector, tamaño de empresa y región dónde se concentran las bajas. La información oportuna permitiría distinguir un ajuste agrícola o escolar de un deterioro más amplio en manufactura, construcción o servicios.

La prueba será la persistencia de la debilidad

Las próximas publicaciones laborales serán decisivas para determinar si julio fue un bache estacional o el inicio de una fase más frágil. En México, será relevante observar si se recuperan las plazas permanentes, si la creación anual vuelve a superar el ritmo de 2 por ciento y si la formalización digital se complementa con nuevas contrataciones en actividades tradicionales. En Estados Unidos, habrá que seguir no sólo la nómina no agrícola, sino las revisiones posteriores, la participación laboral, las horas trabajadas y el comportamiento de los salarios.

Existe un escenario favorable: una moderación temporal de la contratación podría aliviar presiones inflacionarias, permitir condiciones financieras menos restrictivas y abrir espacio para que el crédito impulse consumo e inversión. En ese caso, México podría aprovechar su integración productiva y la relocalización de empresas para recuperar dinamismo. El escenario adverso sería una debilidad simultánea de empleo, consumo e inversión en ambos países, con menor demanda externa, menor creación formal y mayor expansión de la informalidad. La diferencia entre ambos desenlaces dependerá menos de un titular mensual que de la capacidad de empresas y autoridades para detectar a tiempo si la cautela actual se convierte en parálisis.

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