El dólar estadounidense abrió este 1 de septiembre en Uruguay a un promedio de 40,29 pesos uruguayos, una suba de 0,79% frente a los 39,97 pesos del cierre previo, según datos de Dow Jones. El movimiento coloca a la divisa por encima del nivel de 40 pesos y prolonga, por segundo día consecutivo, una trayectoria ascendente en el mercado cambiario.
La variación diaria es acotada en términos absolutos, pero adquiere relevancia porque se produce sobre una cotización ya elevada respecto de las previsiones medias recogidas por el Banco Central del Uruguay (BCU) para distintos momentos de 2026. El dato de apertura no implica por sí solo un cambio estructural de tendencia, aunque sí confirma que el mercado está operando en una zona que merece atención por parte de empresas, ahorristas e importadores.

Una suba dentro de un mercado menos volátil
El avance reciente del dólar no vino acompañado, hasta ahora, de señales de turbulencia extrema. La volatilidad actual del tipo de cambio se ubica en 10,84%, por debajo de la referencia de 14,9%. Esa distancia sugiere que las oscilaciones se mantienen dentro de un marco relativamente ordenado: hay presión alcista sobre la moneda estadounidense, pero no una dinámica de movimientos abruptos o desordenados.
En la última semana, el dólar acumuló una ganancia de 1,63%, mientras que la variación interanual fue de 1,35%. La diferencia entre ambos indicadores ayuda a poner el dato diario en perspectiva. El impulso de los últimos días es más intenso que el avance registrado en un período de doce meses, lo que puede responder a ajustes puntuales de liquidez, expectativas locales o cambios en la demanda de divisas, sin que ello alcance para identificar todavía una depreciación acelerada y persistente del peso.
Para quienes tienen obligaciones en dólares, el aumento encarece el pago medido en moneda local. Para exportadores o sectores que reciben ingresos en divisas, en cambio, una cotización más alta puede mejorar el valor en pesos de sus ventas externas. La incidencia final depende de los costos de cada actividad: una empresa exportadora que también importa insumos puede ver compensada parte de esa ventaja por el mayor precio de las compras externas.
El precio actual frente a las expectativas del Banco Central
Las proyecciones de analistas consultados por el BCU dibujaban para 2026 un recorrido de suba moderada del dólar. La mediana de las respuestas ubicaba el tipo de cambio en 38,98 pesos por dólar en enero y en 39,33 pesos en junio. Para el cierre del año, la previsión agregada apuntaba a 40,19 pesos.
La apertura en 40,29 pesos se sitúa diez centésimos por encima de esa estimación de cierre. No obstante, comparar una cotización diaria con una encuesta de expectativas exige cautela. Las proyecciones representan escenarios centrales elaborados con la información disponible al momento de ser relevadas; no son objetivos oficiales de cotización ni límites para la evolución de mercado. Además, la redacción de la encuesta citada contiene referencias temporales que deben leerse con prudencia, ya que contrapone previsiones de enero y junio de 2026 con una apertura fechada el 1 de septiembre de ese mismo año.
El conjunto de analistas consultados esperaba una cotización de 38,92 pesos en enero, 39,48 en junio y 40,19 a fin de 2026. A más largo plazo, la previsión señalaba 41,46 pesos para diciembre de 2027. El patrón es claro: el escenario base contemplaba una depreciación gradual del peso, no una corrección abrupta. Por eso, el nivel actual es relevante menos por la magnitud de una jornada que por su cercanía con el valor que se esperaba observar al terminar el año.
Inflación, actividad y tipo de cambio: una relación que no es automática
La lectura del mercado cambiario también depende del cuadro macroeconómico. La encuesta del BCU proyectaba un crecimiento del Producto Bruto Interno de 1,87% para 2026, 1,85% para 2027 y 1,92% para 2028. Son tasas moderadas y menores que la estimación de 2,47% que se manejaba para 2026 en julio del año anterior. Esa revisión refleja una expectativa de expansión más contenida, con un rango de pronósticos para este año que va de 1,50% a 2,30%.
Una economía que crece a menor ritmo puede reducir la presión sobre importaciones y demanda interna, factores que en algunas circunstancias moderan la necesidad de divisas. Sin embargo, el efecto sobre el dólar no es lineal. Las decisiones de inversión, el ingreso de capitales, los precios internacionales, la política monetaria y las condiciones financieras regionales también influyen sobre el valor relativo del peso. La cotización surge precisamente de la interacción de esas fuerzas, no de un único indicador.
En materia de precios, la mediana de las proyecciones situaba la inflación en 4,40% para 2026, 4,45% para 2027 y 4,50% para 2028. El último valor coincide con el centro del objetivo del BCU. Si las expectativas de inflación se mantienen cerca de esa referencia, una suba moderada del dólar puede ser absorbida sin trasladarse íntegramente a los precios internos. Pero si el encarecimiento de la divisa se sostiene y alcanza bienes importados, combustibles o costos de producción, el impacto puede hacerse más visible en determinados rubros.
La flotación independiente como marco de interpretación
La reacción actual del peso se entiende mejor a la luz del régimen cambiario uruguayo. La moneda nacional circula desde 1993, luego de reemplazar a los antiguos pesos en un proceso vinculado a una etapa de alta inflación. Durante la década de 1990, Uruguay aplicó bandas de flotación para ordenar las expectativas sobre el valor de la moneda frente al dólar.
La crisis financiera de 2002, marcada por una fuerte salida de capitales, expuso los límites de aquel esquema. Tras la maxidevaluación de ese período, el país pasó a un sistema de flotación independiente que continúa vigente. Bajo ese modelo, el tipo de cambio puede responder con mayor flexibilidad a las condiciones del mercado, aunque el BCU conserva instrumentos para preservar la estabilidad financiera y monetaria.
El dato de 40,29 pesos no debe leerse como un episodio aislado ni como prueba definitiva de una tendencia futura. Muestra, en cambio, cómo un mercado de cambios relativamente estable puede registrar ajustes significativos cuando las expectativas y la demanda de divisas se reacomodan. Para Uruguay, cuyo desafío combina crecimiento de largo plazo, competitividad, ampliación de la participación laboral femenina y mejora educativa, la estabilidad cambiaria sigue siendo una condición importante: no resuelve esos retos por sí misma, pero ayuda a que hogares y empresas puedan tomar decisiones con menor incertidumbre.
