El Gobierno dominicano puso en marcha tres intervenciones en la frontera norte dentro de la estrategia “Frontera Fuerte”: el Mercado Nacional de Tilory, la reconstrucción del badén de Guayajayuco y nuevos controles de acceso sobre la carretera Internacional. La apuesta va más allá de la obra pública: busca ordenar un territorio donde la informalidad, la movilidad irregular y la débil conectividad han limitado por años la presencia efectiva del Estado.

Control y economía
La obra más sensible es el mercado de Tilory, concebido para formalizar un intercambio comercial que operó durante décadas sin regulación. Si logra imponer infraestructura, sanidad y vigilancia, el Gobierno no solo ordenará el comercio: también convertirá una zona gris en un punto de control fiscal y territorial. La reconstrucción del badén y los nuevos destacamentos refuerzan la misma lógica, asegurar tránsito permanente y ampliar la capacidad de respuesta estatal en una frontera expuesta a crecidas y vacíos de autoridad.
El mensaje político es claro: Abinader intenta vincular seguridad y desarrollo en una sola operación fronteriza. La eficacia del plan dependerá de que las obras no queden como símbolos aislados, sino como una red funcional capaz de sostener comercio legal, movilidad estable y supervisión continua en el norte.
